viernes, 16 de febrero de 2024

“Historia oculta del PCE” ( y I V )


 

Como decíamos en el artículo anterior, este último lo dedicaremos al apartado intitulado “El PCE durante el pacto germano-soviético”, página 150. Dice Así:


 “El 23 de agosto de 1939 el ministro nazi Von Ribbentrop y el soviético Molotov firmaban en Moscú, bajo la mirada complaciente de Stalin, un pacto de no agresión que incluía un acuerdo secreto para el reparto de Polonia. Francia e Inglaterra se encontraban otra vez ante Hitler, que ahora tenía las espaldas cubiertas para lanzarse hacia la conquista de Europa. En efecto, unas semanas después los alemanes invadían Polonia, aliada de las democracias occidentales, con lo que daba comienzo la Segunda Guerra Mundial. Al mismo tiempo, Stalin iría recogiendo las ganancias del pacto: la Polonia oriental, Letonia, Estonia y Lituania.

 

Este sorprendente giro se había realizado al margen de la Comintern, a su vez reducida al papel de mero apéndice de la política internacional soviética. Durante cerca de un mes, los partidos comunistas europeos se encontraron sin instrucciones precisas de la “Casa”. Las bruscas maniobras de los comunistas en Francia, el país más directamente afectado, son paradigmáticas de las del movimiento comunista internacional. Durante las primeras semanas, el PCF trató de conciliar el pacto germano-soviético con su anterior política patriótica y antialemana. Después, cuando llegaron las consignas de Moscú, arrinconó el antifascismo de un día para otro. Ahora la guerra era de carácter imperialista, es decir, un conflicto entre el imperialismo franco-británico y el imperialismo alemán. Y el PCF, que acababa de votar los créditos de guerra del gobierno Daladier, pasó a exigir que Francia pidiera la paz a Alemania. De pronto, los comunistas franceses se convertirían traidores a su patria. Predicando con el ejemplo, su secretario general, Maurice Thorez, desertó del ejército y se refugió en Moscú. Las consecuencias no se hicieron esperar: muchos dirigentes y militantes abandonaron el partido y el gobierno declaró ilegal al PCF.

 

Los dirigentes del PCE y del PSUC que se encontraban en Francia siguieron los pasos de sus camaradas franceses. Así, por ejemplo, el 2 de septiembre, Catalunya, portavoz del PSUC, enfatizaba: ‘Si estalla la guerra lucharemos, moriremos, venceremos con Francia, si el agresor fascista la obliga a defenderse’. Poco después vino la rectificación, y los comunistas españoles también fueron ilegalizados. A pesar del desconcierto provocado por el hecho de que ahora Franco aparecía como aliado indirecto de la URSS, no se produjeron deserciones importantes entre la militancia. Cabe mencionar la de Félix Montiel, diputado y catedrático,  que abandonó el partido en Cuba en 1941. Pero la gran mayoría de militantes asimilaron el viraje. Carrillo, en 1948, explicaba así el fenómeno:

 

‘Incluso los militantes menos desarrollados políticamente, los menos preparados, se hacían este razonamiento sencillo y profundo: Lo ha hecho Stalin, lo ha hecho el Partido Bolchevique, bien hecho está. Por fuerza tiene que ser favorable a nuestra causa’.

 

La ilegalización del PCE en Francia aceleró su desorganización en los meses que precedieron a la invasión alemana. La Comintern había dado orden de repliegue hacia la “Casa” a los dirigentes de los partidos comunistas europeos, como Thorez o Togliatti. También los pocos dirigentes españoles que quedaban en Francia huyeron a la URSS o a Sudamérica. Antes de marcharse dieron a los militantes españoles la consigna de no alistarse en el ejército francés y de no luchar contra los alemanes. Los que iban a la URSS, como Carrillo, no tenían dificultades para atravesar Europa ocupada por los nazis, en buenas relaciones con los soviéticos.

 

Otro de estos viajes fue el de Francisco Antón, el amante de Dolores Ibarruri. Había sido detenido  por la policía francesa e internado en un campo de Vernet, en el País Vasco Francés. Cuando los alemanes invadieron Francia, Pasionaria intercedió directamente ante Stalin para que solicitara a los alemanes su liberación. No hubo dificultades, y Antón viajó hacia Moscú a través de la Alemania nazi con pasaporte soviético”.

 

Y con este artículo ponemos fin al comentario de este magnífico libro del que nadie habla y, como siempre, recomendamos su lectura a los “historieteros” de  lo políticamente correcto, así como a los “catedraticoides” que pululan a sus anchas diciendo y escribiendo barbaridad tras barbaridad, y también a los fanáticos pedantes marxistas.



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