miércoles, 14 de junio de 2017

“La nomenklatura. Los privilegiados en la URSS”



Así se intitula el libro de Michael Voslensky, soviético arrepentido, editado por Argos-Vergara, S.A., 1.981, 391 páginas incluido índice, y prologado por Fernando Claudín, otro comunista arrepentido que iría a parar al PSOE. En la contrasolapa del libro se lee:

“Michael Voslensky nació en la Unión Soviética en 1920. Fue traductor durante el proceso de Nuremberg y en el Consejo de Control Aliado en Alemania. Desde 1950, trabajó en Moscú en estrecho contacto con el aparato del Comité Central del Partido Comunista. Formó parte de misiones a Praga y Viena, y trabajó en el Consejo Mundial de la Paz. De regreso a Moscú, asumió diversas responsabilidades en la academia de Ciencias: secretario de la Comisión de Desarme, luego vicepresidente de la Comisión conjunta de historiadores de la URSS y Alemania del Este. Como profesor de historia de la universidad Lumumba, de Moscú, fue igualmente miembro del Consejo de la Academia de Ciencias Sociales, dependiente del Comité Central del Partido Comunista. Formó parte de misiones a Praga y Viena, y trabajó en el Consejo Mundial de la Paz. De regreso a Moscú, asumió diversas responsabilidades en la academia de Ciencias: secretario de la Comisión de Desarme, luego vicepresidente de la Comisión conjunta de historiadores de la URSS y Alemania del Este. Como profesor de historia de la universidad Lumumba, de Moscú, fue igualmente miembro del Consejo de la Academia de Ciencias Sociales, dependiente del Comité Central.


Tras abandonar la Unión Soviética en 1972, Michael Voslensky prosigue su tarea de historiador en Occidente; y ha llegado a ser uno de Los más eminentes especialistas en política soviética”.

El libro, en esencia, denuncia la vida fácil y cómoda de los dirigentes comunistas, denuncia esta que fue como un electroshock para los comunistas occidentales, aunque para los fanáticos esto no era creíble. 

También denuncia que el poder en todo país comunista se ejerce desde el gigantesco, inmenso y único partido no habiendo, por tanto, instancias jurídicas e institucionales fuera de dicho partido.
En el prólogo de libro, páginas 12 y 13, nos dice el ex comunista Fernando Claudín:

“Pero ya hemos dicho que el cuerpo central de la investigación de Voslenski lo constituye la descripción sociológica de la Nomenklatura en su estadio actual, plenamente formada y estabilizada. En sentido estricto el vocablo designa, en el lenguaje burocrático oficial, una doble lista: puestos de dirección que se consideran de mayor importancia en los aparatos del partido, de la administración estatal, de las organizaciones o instituciones (sindicales, científicas, culturales, etc.) y cuya asignación depende de 1as instancias superiores; lista de personas que ocupan estos puestos o pueden ser designados para los mismos. Existen varias «nomenklaturas» a diversos niveles: el de toda la Unión Soviética (organismos centrales), el de las Repúblicas, el de las regiones y el de los distritos. Pero todas ellas constituyen, de hecho, un cuerpo único, cerrado, internamente jerarquizado y articulado, en cuya cúspide se encuentran el Buró Político y el Secretariado del Comité Central del Partido Comunista. Estas listas son rigurosamente secretas, no se mencionan en los documentos oficiales y es peligroso hablar de ellas si no se está entre amigos de confianza. Todas las precauciones son pocas puesto que oficialmente la gran mayoría de los puestos que abarcan las listas son de elección «democrática» y sería demasiada imprudencia reconocer públicamente que el «elegido» ha sido previamente designado. Voslenski nos describe el mecanismo de esas «elecciones» como el de todos los atributos, prerrogativas y privilegios de los «nomenklaturistas que según  sus cálculos son aproximadamente  750.000. Este cuerpo de «mandos» — dicho con lenguaje franquista que le viene muy apropiado —  es el que concentra el poder efectivo en todos los ámbitos de la sociedad soviética, aunque dentro de él, evidentemente, la distribución de dicho poder sea muy desigual: del secretario general, o los secretarios del comité central, a los secretarios de distrito, principal escalón inferior de la Nomenklatura,  la diferencia de «cuota de poder» es  abismal.  ¿Hasta que punto, por consiguiente, se puede hablar de la Nomenklatura como de una clase que colectivamente domina al conjunto de la sociedad y asume papel dirigente? Voslenski nos explica que no hay, desde luego, ninguna «democracia interna» que cimente esa colectividad como tal, haciendo ella algo sustancialmente diferente de la simple pirámide jerárquica, pero sí una serie de normas, atribuciones, mecanismos internos de regulación que confieren, por ejemplo, a los secretarios de distrito un poder real de intervención en las  decisiones de órganos superiores, especialmente gubernamentales concernientes al distrito; que obligan a las instituciones superiores, comenzando por los secretarios del comité central, a tener en cuenta de alguna manera los escalones inferiores de la Nomenklatura. Por otra parte, en su seno hay cierta movilidad vertical y horizontal, y aunque los puestos incluidos la Nomenklatura no son hereditarios, la pertenencia a la misma va adquiriendo cada vez más, en la práctica, ese carácter a través de los mecanismos de captación que regulan su autorreproducción.
En estos mecanismos, regidos por criterios de selectividad política y cultural, incide de forma creciente la situación privilegiada de las familias nomenklaturistas. Como dice Voslenski, «los hijos de los secretarios del partido no se hacen trabajadores más que en las devotas novelas del "realismo socialista"; en el socialismo real entran automáticamente en el aparato del partido o en el cuerpo diplomático. A los que lo pongan en duda les será difícil citar ejemplos de hijos de familias de la Nomenklatura cuyo destino no sea un puesto en la Nomenklatura o el matrimonio con un nomenklaturista”

En la página 104, dentro del capítulo “Nomenklatura y partido”, dice el autor:

“¿Qué dicen los ciudadanos soviéticos (no en las reuniones, sino do están entre ellos) acerca de las razones para ingresar en el Partido? Una sola cosa: se ingresa en el Partido para hacer carrera.

No se trata, necesariamente, de una carrera espectacular. En realidad si lo que se quiere es tener la certidumbre de no ser sometido en el bajo a las mezquindades del jefe, progresar un poco, formar parte de favorecidos y no de los perseguidos, entonces hay que ingresar al Partido. Es cierto que un carnet del Partido no constituye garantía de una carrera brillante, pero, por el contrario, la ausencia del carnet es una garantía de que no se hará ninguna carrera, cualquiera que sea. Las excepciones hacen más que confirmar la regla: no se las encuentra más que en los medios artísticos y científicos. Hay, en efecto, un cierto número de miembros de la academia y de artistas de renombre que no pertenecen al Partido.

Así, por ejemplo, el célebre constructor de aviones, el general Tupolev, no era miembro del Partido; era un viejo voluntarioso e independiente, que pasó una temporada en una Schah raska.* Ilia Ehremburg no era tampoco miembro del Partido. Nikolai Tijonov, poeta perfectamente conformista, no fue jamás miembro del Partido, porque ocupaba el puesto de presidente del comité soviético de la paz: este anexo del departamento internacional del Comité central es presentado, en efecto, una organización no partidista, y se juzgó preferible, por eso, que N. Tijonov no poseyera el carnet del Partido. Otra curiosidad: el oscurantista Lisenko, que aniquiló la ciencia biológica en la Unión Soviética, no era miembro del Partido,  aunque su  mentalidad era la más indicada para convertirlo en miembro del Comité central bajo Stalin”.

* Prisión en la que son condenados a trabajar los investigadores científicos”.

Lo de siempre, libro recomendado para los historieteros de fascículo, y para los “podemitas” . . claro que a lo mejor no se enteran que existe esta obra porque está barrida de las librerías.




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