El marxismo no ha conseguido el desarrollo social y económico porque no quiso, ni quiere entender, que el progreso lo consiguen las personas interactuando en un régimen de libertades y de respeto a la propiedad.
Está demostrado que, en países libres, es decir, aquellos con economías de libre mercado, la población disfruta de mayores ingresos y de mejor bienestar social. La evidencia es aplastante, aunque les cuesta admitirlo a los comunistas remanentes, que siguen parloteando rindiendo pleitesía a las ideas estatistas y colectivistas: el Estado tiene que ser el dueño de todo.
Esto forma parte de la “moral” marxista que dice que
la propiedad estatal es “buena” y la propiedad privada es “mala”, evitando
“caer en la tentación” de razonar y de pensar. Esta maldad de la propiedad
privada era el mal de las democracias occidentales, que eran falsas, mientras
que la democracia verdadera era la de los países comunistas. El bien era la
URSS y el mal las sociedades del resto del mundo, en las que no se iba en el
sentido correcto de la Historia. Sólo en la Unión Soviética se estaba realizando
correctamente la marcha de la misma. Así, si las cosas iban bien, se confirmaba
que la doctrina era verdadera, pero si algo salía mal, la culpa era de los
capitalistas que habían interferido en el proceso. Esto era como un dogma de
fe: este fideísmo hace que el militante comunista sea “inasequible al
desaliento”, aunque la realidad, los hechos y los números le estén indicando lo
contrario.
La realidad es que el comercio y la propiedad privada crean ocasiones de
ganancia en los mercados. La ocasión de ganancia se produce porque los
consumidores desean productos que no tienen o que no obtienen. Los empresarios
ofrecerán esos productos, a los que pondrán un precio para obtener ganancias. A
continuación, otros empresarios, dándose cuenta de las ganancias obtenidas,
competirán por obtenerlas también, para lo cual bajarán los precios, con lo que
se benefician los compradores. Es decir, las preferencias de los consumidores
quedan determinadas mediante el sistema de precios en el mercado que, a su vez,
permite a los productores conocer las citadas preferencias. Si se suprime el
comercio libre y la propiedad privada, como en el marxismo, ya no habrá
motivación para producir y vender, ni intercambio en el mercado. Al no haber
intercambio, no hay precios. Sin precios, no hay información para saber las
preferencias del consumidor. Con la propiedad pública de los medios de
producción, se elimina el conocimiento del funcionamiento de la economía. En la
implosionada URSS se ponían los precios mediante complicadísimas fórmulas que,
no obstante, tenían en cuenta los precios que había en los mercados
occidentales (entiéndase capitalistas). El resultado de la propiedad comunista
es la pobreza y la hambruna, como quedó demostrado en la antigua URSS y está
demostrado actualmente en Corea del Norte y en Cuba.
En cuanto a los números y a los hechos baste decir que en 1.947, a los treinta
años de la Revolución, el hambre se instaló en la URSS, teniendo que
introducirse la cartilla de racionamiento.
En la próxima entrega veremos el varapalo que le da el economista austriaco
Eugen von Böhm-Bawerk, a las teorías de Marx. También veremos los casos de
Kondratieff y Lyssenko
Continuará.


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