domingo, 15 de julio de 2018

Breve leccción de democracia a un gobierno de maleantes. Carta abierta (I)



Creado el 13 julio, 2018 por Pío Moa

Empecemos por la ideología LGTBI que ustedes profesan como seña de identidad básica. Uds. afirman que hombres y mujeres son iguales o deben serlo (no está claro: ¿son o deben ser?) y que cualquier forma de sexualidad es equiparable a la que siempre se ha considerado normal entre hombre y mujer porque, en definitiva, el acto sexual no tiene otro objeto que la obtención de placer y este puede conseguirse de muchas formas. En particular exaltan uds la homosexualidad como un motivo de orgullo, atribuyéndole las cualidades de libertad, igualdad y amor. Las formas tradicionales de amor sexual serían simplemente unas más, en realidad inferiores al estar contaminadas de lo que uds. llaman “machismo”. Creen también que el aborto no es la liquidación de vidas humanas, sino una manifestación de libertad y derechos de la mujer, derechos que deben ejercerse lo más ampliamente posible, para ser eficaces.

En cambio yo, y muchos otros, creemos –en realidad constatamos porque es la misma evidencia– que hombres y mujeres son notablemente diferentes y complementarios tanto física como psíquicamente; y que ello determina la sexualidad normal. Digo normal no sólo porque es la forma más frecuente con mucho, sino porque es la que asegura la reproducción humana, la permanencia de la especie,  mientras que la homosexualidad y otras formas son estériles. La reproducción exige además la familia y el compromiso de ambos cónyuges más allá de las conveniencias o placeres pasajeros. Por eso una sociedad donde esta evidencia se niega o denigra es una sociedad que corre a la desintegración. Constatamos, además, que lo que concibe la mujer en su seno es una vida humana, no una especie de tumor;  y que el derecho más elemental del niño y su mejor modo de desarrollarse, en principio, es una familia con un padre y una madre reales, y no la parodia de dos “papás” o dos “mamás”. Creemos que la sociedad debe seguir el camino de apoyar la sexualidad y la familia normales, sin equiparar otras formas de relación sexual, aunque sin perseguirlas salvo en sus formas delictivas. 


   Hasta aquí podríamos decir que se trata de una cuestión de opinión. Todo normal: ustedes tienen sus ideas y nosotros las nuestras, la Constitución y en general la democracia amparan por igual la expresión de unas y otras. Parece que no debería haber ningún problema, pero los hay, y muchos.
  
  Ante todo, aunque las libertades democráticas amparan su libertad de opinión y la nuestra, ello no quiere decir que todas las opiniones valgan lo mismo, pues en definitiva se trata de ver cuál se acerca más a la verdad, única forma de progresar. Y hay al menos dos formas de decidirlo. Una es observar los efectos reales de las ideas, por encima de su retórica justificativa. Estos efectos son mucho menos opinables. Así, su feminismo, su abortismo y su homosexismo tienen consecuencias sociales claras: la eliminación masiva de seres humanos (unos cien mil abortos al año, mientras, curiosamente, se ha dado vía libre a una inmigración en gran parte ilegal, cosas ambas llamativas);  el también cada vez más masivo fracaso familiar, cuyas víctimas principales son los niños y adolescentes, criados con graves desequilibrios y deficiencias afectivas. Lo cual se refleja en fenómenos juveniles como el aumento de suicidios, la proliferación de las drogas y el alcoholismo,  el sexo en grupo, consumo de ansiolíticos, etc, en todo lo cual España está entre los países más “avanzados” de Europa, gracias a ustedes y a partidos como el suyo. Se refleja en la pérdida de respeto del hombre a la mujer y el rechazo del primero a comprometerse,  bien visible en la violencia doméstica (de hombres a mujeres y viceversa, aunque menos a en viceversa,  y también de padres y madres a hijos y viceversa, una tendencia en fuerte aumento, pero ignorada en los medios manipulados por ustedes); en las denuncias “de género” falsas,  de las que se trata de impedir la defensa al acusado,  etc. En cuanto al homosexismo, cualquier persona en sus cabales solo tiene que observar los espectáculos grotescos y obscenos del “orgullo gay” para hacerse un concepto del asunto. Ustedes denuncian a menudo los males que  ustedes mismos provocan. Y basta ver las consecuencias sociales  de sus ideas para entender lo que siempre se ha dicho: al árbol se le conoce por sus frutos. Ustedes son responsables de las consecuencias de sus teorías, y no podrán eludir esa responsabilidad por mucho que manipulen el lenguaje.  
  
    Además de los efectos sociales, otro modo de acercarse al valor y verdad de las ideas es el debate. Pero ustedes lo vician de antemano diciéndose representantes  de la mujer, de los homosexuales etc. Claro está que el feminismo representa a la mujer o el homosexismo a los homosexuales, lo mismo de que el comunismo a los obreros, los separatistas a los catalanes, etc; es decir, nada.  Ustedes usurpan una representación irreal. Ustedes se representan a sí mismos e, insisto, son responsables de sus consecuencias, que tratan de eludir con verborrea fraudulenta.

     Y no solo vician de antemano el debate, de hecho lo sustituyen por una  imposición brutal en los medios y por la amenaza de aplicar la violencia del poder contra quienes no comulgamos con sus teorías ni aceptamos sus usurpaciones. Ustedes empiezan por no respetar el derecho de quienes pensamos de otro modo, y tratan de acallarnos mediante campañas denigratorias de insultos y amenazas, y promueven manifestaciones de jaurías histéricas, que intentan doblegar la ley al griterío callejero. Hasta se atribuyen la idea del amor, en mil consignas., una nueva usurpación.  Ustedes han impuesto sus banderas en el espacio público y en las instituciones, de manera abusiva, han llenado los medios de masas con sus lemas y versiones, promueven una retórica cargada de odio hacia la familia normal, a la que tildan de “patriarcal” y “machista”, típicas palabras-policía totalitarias. Odian a la familia  de origen cristiano, porque ustedes odian también al cristianismo, raíz de nuestra civilización.  Y todo eso, como el “orgullo gay”, lo hacen con dinero que no es suyo, obligándonos a pagarlo a quienes no estamos de acuerdo, es decir, robando, literalmente, un dinero que no es suyo para aplicarlo ilegalmente  a un adoctrinamiento  indecente, una corrupción más entre aquellas en que tanto han destacado ustedes a lo largo del tiempo: los “Cien años de honradez”.
  
 Ninguna de sus actuaciones políticas responde a los principios de la libertad de opinión y expresión de la democracia, y por el contrario, los vulneran de un modo típico de los partidos y gobiernos totalitarios. Y en ese camino están llegando demasiado lejos. Ustedes pervierten el lenguaje sistemáticamente, cambiando sus significados. Lo que llaman amor es odio; lo que llaman libertad es imposición desde el poder; lo que llaman pluralismo es ataque al disidente. Y han ido más allá: han elaborado leyes “de género” o “de odio”, para castigar la discrepancia. Con ello, ustedes pretenden algo sin precedentes siquiera  en los anteriores totalitarismos: regular los sentimientos. Asombra oír en labios de una ministra semianalfabeta y ayudante de un juez delincuente, la pretensión de cambiar la mente de las personas; o a otra determinar la relación  sexual más íntima,  o perseguir el amor romántico como machista. Personajes despreciables política y personalmente exhiben una escalada de disparates que darían risa si no fueran peligrosos al imponerse desde la violencia del estado, que por eso mismo deja de ser legítima. Un poder, además, no salido de las urnas. Esto no ha ocurrido siquiera en los regímenes soviéticos. Hay que decir que en esta siniestra empresa no están ustedes solos. Los demás partidos, del PP a Podemos y la ETA, creo que con la excepción de VOX, van por la misma senda de destruir la familia y con ella las libertades  más elementales. Ustedes no son demócratas, sino la amenaza más grave que ha tenido hasta ahora la democracia. Uds son auténticos maleantes. Y, por supuesto, es preciso pararles los pies  si no queremos vernos sujetos a una tiranía que, como decía Tocqueville, amenaza privar al ser humano de sus atributos más propios.

    Podría extenderme interminablemente sobre sus fechorías contra la libertad de todos, pero voy a centrarme después en otra cuestión clave, no menos decisiva y definitoria, la que llaman ustedes “memoria histórica”.
  
 Invito a mis lectores y oyentes a difundir esta carta del modo más insistente y masivo.

Fuente: www.piomoa.es

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