Decía Unamuno que “los políticos mienten
cuando afirman, mienten cuando niegan, y sobre todo mienten cuando callan”.
Un político, como cualquier ser humano, puede
equivocarse muchas veces y reconocer sus errores, pero lo que nunca debe
hacer es mentir.
En esta desguazada España, los políticos mienten
descaradamente. Hay una cosa curiosísima: cuando un alcalde, pongamos por
ejemplo, se ve implicado en determinados asuntos, tales como en escrituras de
fincas valoradas en equis euros y que luego son vendidas al propio ayuntamiento
en equis por un millón, y que el tal alcalde niegue todo este tejemaneje
mintiendo descaradamente, no cabe duda que tiene una responsabilidad política
en el asunto, pero, sin embargo, tal responsabilidad no es juzgada por los
tribunales.
Es decir, el compromiso con la verdad que debe tener
todo servidor público, queda en entredicho. Simplemente por mentir, tenían que
ser expulsados, no ya de sus puestos políticos, sino de sus propios partidos. Y
lo curioso del caso es que dichos políticos mienten descaradamente, y se creen
que les creemos ¡Qué bello es mentir!, parafraseando el título de la película
de Frank Capra "¡Qué bello es vivir!"


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