Hemos estado escuchando en la terraza de una
cafetería, a un grupo de muchachos hablando de la Justicia. Las burradas y
barbaridades que decían no tienen calificativo. Cada vez que abrían la boca, se
les veía la alfalfa.
La Justicia es un pilar fundamental sobre el que se
apoya y sostiene una verdadera sociedad democrática. Tiene que estar basada en
principios éticos y morales para que se verdaderamente legal. Un soporte
fundamental es el respetar, avalar y proteger los derechos individuales. Esto
requiere consideración, ecuanimidad, honestidad, equilibrio y sobre todo
libertad. Si falta esta última, apaga y vámonos.
Otro asunto es la búsqueda y respeto al bien común.
Para esto, y para otras cosas, el Estado debe dictar leyes y normas para que se
cumpla dicho bien común, eliminando todo aquello que pueda perjudicarlo.
Obviamente, la verdadera Justicia tiene que dedicarse
a que sean correctas las labores y acciones de las personas, con el objeto de
dar a cada una lo que justamente le corresponda, amén de respetar los derechos
de las demás. Esto, y otras cosas, ya deberían aprender algo los educandos en
sus tiempos de juventud. Pero, claro, oiga, si el Estado se inmiscuye en este
asunto con intenciones políticas, hablando de unos, unas y “unes”, o de niños,
niñas y “niñes”, en vez de personas, entonces ya se arma la marimorena.
En fin, si no hay Justicia distributiva; si no hay
equidad; si no hay Justicia procesal que tenga la imparcialidad de todo tipo de
autoridad, amén de la igualdad ante la ley; si no hay Justicia social que
procure corregir la actuación de vagos y maleantes que no quieren trabajar
porque dicen que no quieren ser “esclavos de nadie”, viviendo a costa de las
personas trabajadoras, pues eso, si todo esto no existe no hay Justicia, sino
justicia.
Y para terminar, recordar a todos, todas y “todes”,
que desde 2007 las Naciones Unidas celebran el 20 de febrero como el Día
Mundial de la Justicia Social.


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