martes, 8 de agosto de 2017

El saber no ocupa lugar. El reloj ( I )


El reloj, instrumento imprescindible desde tiempos inmemoriales, siempre ha tenido mala prensa por marcarnos impasible e implacablemente el paso del tiempo, asunto este que no gusta a nadie. Decía Charles Beaudelaire en sus “Flores del mal” que el reloj era un “dios siniestro, pavoroso, impasible”, calificativos estos que tienen el rango de insultos.


En tiempos bíblicos, un contemporáneo de Isaías amenazó a los habitantes de Judá con lo siguiente: “Para demostrar su poder, Yahvé hará que la sombra retroceda diez grados”, queriendo decir con esto que como se trataba de un reloj de sol, Yahvé era superior al astro rey de nuestro sistema.

El tal reloj de sol, que incluso llegó a medir el tiempo de los fenicios, era una especie de cubo de piedra excavado formando un cuarto de esfera por una de las caras verticales, orientándose de Esta a Oeste y que tenía una pieza de hierro, larga, cilíndrica, que proyectaba la sombra aclaradora.

Setecientos años antes, los egipcios ya tenían otro modelo basado también en la sombra solar. Pero tenían un problema: había que medir el tiempo que las personas empleaban en los servicios espirituales nocturnos que le dios Nilo requería. Y así fue como se crearon los relojes de agua, llamados clepsidras por los griegos.

El historiador de Halicarnaso, Herodoto, nacido unos 500 años a. de C., decía que habían sido los caldeos los que verdaderamente habían descubierto el reloj de sol. Afirmaba el historiador que mediante un simple bastón clavado en el suelo, inventaron el gnomon, precursor de los citados relojes solares.

Astrónomos, sabios y filósofos estaban obsesionados con mejorar el artilugio, como lo demuestran los trabajos y estudios realizados por los Beroso, Tales de Mileto, Anaximandro, Anaxímenes, etc.

Como no podía ser menos, el gran Aristóteles, hacia el año 350 a. de C., ideó y pergeñó la primera rueda dentada para el reloj de agua. También Arquímedes fue el autor e inventor de una esfera o globo con ruedas dentadas.

Pero el que verdaderamente revolucionó el artefacto fue Ctesibio de Alejandría, que había nacido casi 300 años a. de C. Este hombre era inventor, ingeniero, matemático, mecánico, etc., llegando incluso a ser maestro de Herón, inventor éste de la primera máquina de vapor y descubridor del principio de acción y reacción. El gran invento de Ctesibio fue el de conseguir que la clepsidra, que funcionaba con las ruedas dentadas, éstas moviesen una manecilla sobre una esfera. Se había dado un gran paso.

Continuará.





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