sábado, 12 de agosto de 2017

El comunismo genera hambre ( I )


Cuando el 12 de abril de 1961 Yuri Gagarin dio el primer vuelo orbital terrestre, Nikita Kruschef pronunció un discurso elogiando la memorable hazaña del comandante Yuri. Aprovechó la ocasión para instar a los campesinos a mejorar la producción agrícola trabajando la tierra, imitando la hazaña del cosmonauta para que los logros no fueran sólo espaciales.


Nikita, el hombre del zapatazo en la mesa en la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1960, inconsciente e involuntariamente estaba descubriendo una paradoja del comunismo: a un éxito espacial, se oponía el fracaso de lo más esencial como es alimentar al proletariado.

En los estados totalitarios marxistas, mediante una poderosa policía se puede controlar y someter a los trabajadores del martillo, pero a los de la hoz no es tan fácil. Los campesinos tienden ansiosamente a poseer la tierra que cultivan y se oponen con todas sus fuerzas a la socialización.

Cuando en la antigua Unión Soviética se obligaba al campesinado a entregar sus tierras al Estado, los labradores recurrían a una especie de resistencia pasiva como era cultivar la tierra con lentitud y ocultar las cosechas. Esta actitud trajo como consecuencia que Rusia, de ser en otros tiempos una de las naciones que más cereales exportaba, pasase a ser, con la colectivización, uno de los países que más cereales importaba, especialmente de los EE.UU.

Son muchos los puntos flacos del comunismo pero, quizá, su tendón de Aquiles sea la planificación agrícola que trae como consecuencia el racionamiento, la escasez y el hambre. Estas realidades incuestionables hacen que resulte una farsa la afirmación de que el marxismo sea, entre otras cosas, un sistema económico que sirve para alcanzar el progreso o “el porvenir radiante de la humanidad”.

Las promesas del comunismo, perennemente incumplidas y aplazadas, aún siguen cautivando. Después de la II Guerra Mundial se crearon en la URSS los “planes quinquenales”. El primero de ellos, 1946-1950, prometía “crear una abundancia de artículos de consumo”, especialmente víveres.

Poco tiempo después, en 1953, el Comité Central del PCUS también prometió lo siguiente: “en los dos o tres años venideros, nuestro país tendrá abundancia de carne, leche, mantequilla, huevos y otros productos”. Más tarde, en 1957, se sigue alardeando. Por aquel entonces Kruschef decía que los soviéticos rebasarían a los EE.UU. en producción de comestibles: “¡Veremos quién come mejor!”, decía.

Las promesas seguían y seguían. En 1962, todavía seguía teniendo la cara dura de jactarse de que la agricultura de la URSS, esta vez para 1970, “dejaría atrás a la de EE.UU”. 

Como la agricultura no mejoraba después de tantos años de colectivización, a la Unión Soviética no le quedó más remedio que aprovisionarse en el mundo capitalista, ya que las colas seguían siendo largas: la calamidad agrícola continuaba.

Por los años 60 del pasado siglo XX, la planificación estatal ordenó, de forma obsesiva, el cultivo del maíz y el aprovechamiento de las “tierras vírgenes”. Los jefes de las granjas, como tenían que obedecer ciegamente las órdenes del partido, ordenaron la siembra del grano en miles y miles de hectáreas que eran más aptas para otros cultivos. En muchas de aquellas hectáreas, el maíz se helaba. El desastre fue notorio, pero no público.

El aprovechamiento de las “tierras vírgenes”, fue no menos calamitoso que lo anterior: se intentó producir trigo en las inhóspitas y vastas llanuras de Siberia. No hace falta pensar mucho para saber el resultado.

Continuará.




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