domingo, 20 de noviembre de 2016

La bota, el bozal y el grillete soviéticos ( X X V )


Como decíamos en la anterior entrega, en ésta veremos algo sobre el miedo de los trabajadores al decir la verdad de la situación.

Dicha situación, omitida por el gobierno, consistía, entre otras cosas, en que la gente estaba cansada de buscar trabajo, asaltando las bolsas de trabajo de Moscú y de Leningrado, lo que producía los inevitables choques con los soldados del régimen, choques que saldaban con gran cantidad de muertos y heridos.

Por otra parte, el costo de vida en aquel “paraíso” era elevadísimo, resultando los salarios insuficientes, ya que el valor adquisitivo era menor. El mismísimo Trotsky lo reconocía:

“Los salarios de las explotaciones agrícolas suelen ser inferiores al mínimo legal y ocurre a veces hasta en las tierras que pertenecen a los soviets. La jornada de trabajo rara vez es inferior a diez horas. Los salarios se pagan con irregularidad. No se puede tolerar eta miserable situación” ( I ). Como ya saben, Trotsky fue asesinado en Méjico por orden de Stalin por el comunista español Ramón Mercader, que recibió por esto el título de “Héroe de la Unión Soviética”, además de concedérsele la ciudadanía. Sin comentarios.

Por otra parte, solamente vivían con cierta comodidad los funcionarios y los afiliados al partido. No digamos ya nada de la “nomenklatura”. Dichos funcionarios y afiliados, aunque no tenían grandes ingresos, vivían en casas conciertas comodidades, además de ir bien vestidos. Su situación era bastante superior a la de los obreros y campesinos.

Asimismo, y como ya sabrán también, los intereses del Estado estaban por encima de los derechos y de la libertad de las personas, todo lo contrario que en EE.UU., por ejemplo. La dictadura era tan monstruosa que Lenin obligó a todo el mundo a enrolarse en el ejército, además de insistir en el empleo de la fuerza sin ningún tipo de limitación:

“No debemos temer el empleo de los métodos dictatoriales para acelerar el progreso del capitalismo del Estado. Más todavía que Pedro el Grande, precipitando la introducción del occidentalismo en la Rusia bárbara, sin tener escrúpulos para emplear métodos bárbaros, nosotros debemos tratar de aclimatar el capitalismo del Estado” ( I I ). Sin comentarios.

¿Quién se atrevía a denunciar o a protestar ante esta situación? Pues sencillamente nadie. El miedo y el temor así lo exigían.

En la próxima entrega veremos cómo el gobierno engañaba al pueblo con la “felicidad colectivista”

Continuará.

( I ) y ( I I ).- “El imperio soviético”, autor Dionisio R. Napal, Editorial Stella Maris, Buenos Aires 1932, páginas 170 y 171.






























































































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