jueves, 16 de julio de 2015

La bota, el bozal y el grillete soviéticos ( V )


Como decíamos en la anterior entrega, en ésta y en otras veremos que lo que decía la Constitución de 1918, distaba mucho de la vida real soviética.


El comunismo, una vez en el poder, se apodera de toda la prensa, o de los “mass-media” que se diría ahora, para convertirla en un inmenso campo de propaganda y apología del régimen, además de comentar positivamente, y a todas horas, la doctrina marxista. De la prensa del extranjero sólo se comentan las noticias en las que se ve la “próxima revolución mundial”.

Ni qué decir tiene que el director de un periódico era, y es,  un cargo político, siendo considerado como un funcionario del gobierno. El pueblo, al que tanto se recurre cuando interesa, no podía expresar su pensamiento tanto de palabra como por escrito.

Los citados “mass-media”, así como la literatura, la ciencia, el teatro, el cine, etc. están bajo la censura rigurosa y constante. Si alguien quiere actuar por su cuenta en cualquiera de estos terrenos, la deportación, en el mejor de los casos, está servida.

Como no podía ser de otra manera, el miedo estaba, y está en los sistemas comunistas, a la orden del día. Esto hacía que personas de cierta importancia, que nada querían saber con el régimen, simulaban un exaltado comunismo, tanto en periódicos como en universidades. Recitaban de memoria toda la retahíla marxista, a la vez que expresaban su adulación a los jerarcas soviéticos.

Con Lenin muerto y Stalin en el poder, Trotsky,  fundador del Ejército Rojo,  fue desterrado. Sus protestas, unidas a las de otros camaradas, no sirvieron más para que lo asesinase el español Ramón Mercader por orden de Stalin. 

Tales protestas también salían de intelectuales que se querían sublevar contra el sistema, y que terminaban asesinados, en el Gulag o desterrados en algún lugar de Siberia.

Como dato curioso comentar que, aunque la censura diese el visto bueno a una obra, tenían que ser las autoridades las que permitiesen la impresión y la circulación del libro, que si no era del agrado del sistema, se le imponía al autor la abjuración, siendo automáticamente quemados todos los ejemplares públicamente y con gran solemnidad.

En la próxima entrega veremos someramente lo que sucedía en los complejos carcelarios y en campos de concentración.

Fuente.- “El imperio soviético”,  autor Dionisio R. Napal, Editorial Stella Maris, Buenos Aires setiembre de 1932.


Continuará.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Archivo del blog