sábado, 17 de junio de 2017

La mentira ( y I I )


La “conditio sine qua non”  para que un candidato político justifique su presentación a cualquier tipo de votaciones, que no elecciones, es decir la verdad. 


 No solamente la verdad de su programa político, sino también la verdad del sacrificio que va a costar el llevar a cabo dicho programa.

Pero, claro, esto de decir la verdad hace muchos años que no se lleva en España. No hay más que recordar  “las verdades” del “gonzalato”,  las posteriores del “zapaterato” y las actuales del “rajoyato”. De pena y dolor.

Más que decir la verdad, lo que importa es el boato, la buena impresión que hay que causar en el electorado, las imágenes, los escenarios, la publicidad, los montajes de la propaganda, los panfletos, la megafonía a todo arpegio, etc, etc. Es decir, se consideran como instrumentos de relación con el electorado todo esto que acabamos de decir, antes que la propia palabra que, como ya está sobradamente demostrado, sólo servirá para transmitir y contar mentiras.

En una palabra: todos los candidatos mienten, y por tal motivo, se convierten automáticamente en instrumentos de falsedad, demagogia y logomaquia. Además, siembran la incertidumbre, la incredulidad y la duda. Y lo que es peor: ponen en entredicho el buen funcionamiento del Estado y de las instituciones.

Y terminamos con unas palabras de dos militantes ex comunistas,  Carlos Semprún Maura y Jean François Revel.  El primero decía: 

“Quienes han convertido la mentira en dogma, quienes prácticamente siempre han hecho lo contrario de lo que han dicho, fueron los comunistas”. 


Y el segundo:  “Todavía tenemos demasiado arraigadas, pese  la victoria de la democracia, las deformaciones intelectuales del totalitarismo. La democracia no habrá ganado del todo mientras mentir sea pareciendo un comportamiento natural, tanto en el ámbito de la política como en el del pensamiento”.





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