viernes, 8 de agosto de 2014

Recordando la Historia. La república marxista. ( L V I )



Fascinación por la URSS

Como ya sabrán, la fascinación que se sentía por la URSS en aquellos tiempos de la II República española, rayaban en el fanatismo. La propaganda soviética, toda ella mentira, invadía casi toda España. Hay un libro intitulado “La fe que vino de Rusia: la revolución bolchevique y los españoles (1917-1931)”, Biblioteca Nueva UNED, Madrid 1999, 350 páginas, Autor Juan Avilés Farré,  en el que se  ve la influencia soviética, principalmente en el período comprendido entre la revolución de Octubre y la proclamación de la República. Ni qué decir tiene que la información que se recibía de “la patria del proletariado”, era oscura, confusa y muy limitada.


Cuando la URSS nombró a Lunacharsky embajador soviético en Madrid, fue recibido con los brazos abiertos, aunque el “pueblo soberano” no tuviese ni puñetera idea de quién era ese sujeto. Como es lógico, empezaron  las deliberaciones para ver quiénes serían  los representantes republicanos que se instalarían en Moscú. Como es obvio, dichos representantes tenían que ser personas que habían conocido algo de la URSS. El candidato más idóneo era  Julio Álvarez del Vayo.

El tal Del Vayo había dicho muchísimas veces públicamente que sentía una gran admiración por la URSS, ya que diez años antes había viajado a aquel país, viendo solamente lo que le enseñaban. Producto de este “conocimiento” de la citada URSS fueron sus libros “La nueva Rusia”, “Rusia, doce años después” y “La senda roja”. Como no podía ser de otra manera, Del Vayo, que a la sazón era embajador del República en Méjico, fue elegido para ocupar el cargo de embajador con el beneplácito de Azaña que, curiosamente, un día calificaría a Del Vayo como tonto.

Sin embargo, y como recordarán, el gobierno de Azaña fue sustituido por el de Lerroux, lo que hizo que Del Vayo presentase la dimisión quedándose sin el cargo de embajador.

Diversos acontecimientos, entre ellos la muerte de Lunacharsky en Francia, no hicieron posible establecer las relaciones hispano-soviéticas, cosa que se produjo en agosto de 1936, cuando ya había estallado la guerra.


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