martes, 19 de agosto de 2014

LXX aniversario del fin de la Guerra Civil española ( y X )


Una cosa es ser republicano y otra rojo-republicano.




República 

El Diccionario de los “inmortales” de la Real Acaademia Española, define la República como; 1. “Organización del Estado cuya máxima autoridad es elegida por los ciudadanos o por el Parlamento para un período determinado. 2. En algunos países, régimen no monárquico”.

Si nos atenemos a la primera definición, parece que sería la más justa y legal: los ciudadanos elegirían entre varias opciones teniendo en cuenta, siempre, las otras menos elegidas o menos votadas. Todo esto llevaría a un respeto por las libertades: políticas, económicas, religiosas, de asociación, de sindicación, de prensa, de educación, derecho a la huelga, etcétera. En resumen: no habría presos políticos ni represalias sobre los disidentes. Estaríamos ante la República del respeto, del valor de la palabra y del entendimiento, es decir, sería una República liberal como la que querían para España Ortega y Gasset, Marañón, Menéndez Pidal, Madariaga, Melquíades Álvarez y otros. Sería la República que con tanto entusiasmo y fe anhelaban los españoles el 14 de abril de 1931.

Sin embargo, la segunda definición nos llevaría a una República distinta. Si no hay monarquía y si un régimen dictatorial (marxista o islámico), los ciudadanos ya no gozarían de las libertades fundamentales antes mencionadas. Sería una República monopartidista, podría ser un sistema personalista y autoritario, carente de contrapesos institucionales, sujeto a la arbitrariedad de un individuo o de un grupo minoritario, y sin controles jurídicos legítimos.

Este tipo de República suele estar dirigida por una persona, o un partido único, que se creen dueños de la verdad absoluta y, por tanto, no hay espacio para el diálogo.

El pueblo está manipulado y dirigido, a la vez que mediatizado y vigilado por la propaganda oficial y la censura.

La vida quedaría reducida a un determinado número de acciones permitidas. El individuo sólo es un ente receptor y no emisor. De esta forma se evita el peligro del desarrollo del pensamiento.

Las personas son dóciles y maleables. Están moldeadas y dirigidas desde el poder.

No se dan cuenta de que, bajo la apariencia de «libertades», la represión adquiere una dimensión enorme.

Esta República sería una República despótica y tiránica, un sistema autoritario, cerrado y asfixiado por el omnipresente partido único. Esto, claro está, sería inadmisible, rechazable y execrable.

Es evidente que entre ambos tipos de República hay una diferencia abismal. Por desgracia, la II República española cayó en manos de unos fanáticos que, siguiendo las instrucciones de la URSS de Stalin, con sus apoyos, ayudas, asesores, y Brigadas Internacionales, querían implantar en España una República marxista y prosoviética. No se creía en el valor de la palabra y el entendi¬miento, sino en el enfrentamiento, en la fuerza, en la violencia y en el atropello: para todo esto emplearon todo su ímpetu.

En un artículo publicado en «La Nación», de Buenos Aires, en el mes de marzo de 1939, el doctor Marañón decía;

«Hay en nuestra guerra un hecho que debe tener, para la conducta futura de los españoles y de todos los hombres civilizados, un valor histórico... Este hecho fundamental es la incapacidad absoluta del método marxista para poner en marcha un país. El gobierno de Madrid, Valencia y Barcelona tuvo en sus manos todas las ventajas materiales para triunfar... Al gobierno marxista le ha vencido su absoluta incapacidad».


Por tanto, nos parece un error meter en el mismo saco a los partidarios de las dos opciones, por más que pese a muchos historiadores, aprendices de historiadores y marxistas. De aquí que la palabra «republicano» se use muchas veces mal cuando se trata de la II República española. Una cosa es ser republicano y otra rojo-republicano.


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