viernes, 30 de mayo de 2014

“Así se apoderó Stalin del oro de España” ( y V )



Y terminamos con lo escrito por Alexander Orlov, que aparece en el Selecciones del Readr’s Digest de fecha noviembre de 1966, páginas 23 a 31:

“Otro motivo de angustia era la posibilidad de un bombardeo nacionalista. Las grutas inmediatas a la utilizada como depósito del oro estaban llenas de explosivos; un impacto directo significaría el fin de todos nosotros. Por otra parte, nuestros barcos podían ser hundidos en el puerto.

Durante aquellos días no dormí más de cuatro horas, por término medio. Entre carga y carga, los marineros encerrados en la gruta dormían también, tendidos en el suelo. Les dábamos emparedados, café, bebidas frías, chocolate y cacahuetes. Para matar el tiempo, muchos de ellos jugaban a las cartas. Resultaba irónico que emplearan en sus partidas monedas de cobre y, en algunos casos, cacahuetes, estando rodeados de millones en oro. La suerte nos acompañó hasta la tercera y última noche. Hacia las cuatro de la madrugada, un grupo de bombarderos apareció súbitamente sobre las colinas. Desde la gruta podíamos escuchar la explosión de las bombas en los muelles. En el puerto, según pude saber por las declaraciones de los conductores que regresaban, los aviones habían alcanzado a un carguero español que estaba fondeado junto a nuestros barcos. Decidí acelerar la operación y hacer que mis buques abandonaran la bahía lo más rápidamente posible.

Cuando aquella noche, después de cargado, el último camión salió para los muelles, pedí al funcionario del Tesoro que me dijera la cifra final.

—He contado 7.800 cajas —contestó—; tres cuartas partes de las reservas de oro.

 A las diez de la mañana del 25 de octubre la última caja subió a bordo del último barco. Había llegado un momento inevitable y embarazoso para mí: ¡Me pedían un recibo!

Evitando la mirada de los ojos patéticos e inyectados en sangre del funcionario español, traté de no dar importancia al asunto.

—¿Un recibo? Pero, compañero, no estoy autorizado a dárselo. No se preocupe, amigo mío. Ese recibo será extendido por el Banco del Estado de la Unión Soviética cuando todo sea comprobado y pesado. El funcionario respiró afanosamente, como si hubiera sido alcanzado por un rayo. Apenas podía hablar con coherencia. No comprendía... Aquello podía costarle la vida en esos momentos... ¿Llamaría a Madrid?

Yo estaba dispuesto a mantenerle alejado del teléfono, por la fuerza si fuera necesario. En su lugar, le sugerí que enviara un representante del Tesoro en cada barco, en calidad de vigilante oficial del oro. Lógicamente, esta concesión no significaba nada. Pero aquel hombre estaba tan aturdido que se aferró a dicha solución.

Dos horas después zarparon los buques. Por fin pude informar a Moscú que el precioso cargamento se hallaba rumbo a Odesa.

Posteriormente, y por los informes de algunos altos funcionarios del Servicio de Inteligencia que iban y venían1 entre Rusia y España, pude conocer lo sucedido en el lado soviético de la operación.

Numerosos altos oficiales de la N. K. V. D., procedentes de Moscú y Kiev, se reunieron en Odesa. Durante varios días trabajaron como estibadores descargando las ca-jas y llevándolas a un tren especial. Una amplia zona, desde los muelles a la estación de ferrocarril, fue acordonada por tropas escogidas.

Cuando el tren salió para Moscú, centenares de oficiales armados escoltaron el cargamento, como si se tratara de atravesar un territorio enemigo.

Supe que Stalin, para celebrar el golpe, ofreció una magnífica recepción a los altos jefes de la N. K. V. D. la noche siguiente a la llegada del cargamento a Moscú. Todo el Politburó estuvo presente. El dictador estaba entusiasmado. ¡Qué triunfo para un hombre que había empezado su carrera política organizando atracos a los bancos en favor de su causa!

El jefe de la N. K. V. D., Yezhov, contó a un amigo mío que Stalin pronunció estas joviales palabras:

—Nunca volverán a ver su oro, del mismo modo que no pueden verse sus propias orejas.

En los veintiún meses que transcurrieron entre la "Operación Oro" y mi deserción del régimen soviético, estuve en estrecho contacto con los líderes republicanos españoles, pero el asunto siguió siendo un callado y doloroso secreto entre nosotros. Estaba seguro de que su acción había empezado a parecerles un error monumental. La única vez que se mencionó la cuestión fue en el curso de una conversación con Negrín.

—¿ Recuerda aquellos cuatro hombres de la Dirección General del Tesoro que fueron enviados a bordo de sus barcos? —preguntó—. Todavía están en Rusia, y ya ha pasado un año. Me pregunto por qué a esos pobres muchachos no se les permite regresar a su tierra.

Aquellos cuatro desdichados, según pude descubrir mucho tiempo después, no pudieron salir de Rusia hasta que terminó la guerra en España.

El Generalísimo Franco debió enterarse de la desaparición del oro tan pronto como tomó Madrid. Pero su gobierno no dijo una palabra de ello durante más de dieciocho años. La moneda española, ya un tanto débil, podría haberse derrumbado si se hubiera sabido que las arcas nacionales estaban casi vacías.

El silencio oficial se rompió una sola vez, en diciembre de 1956, después de la muerte del Dr. Juan Negrín. De entre sus papeles privados se rescató finalmente un recibo oficial por el oro depositado en la Unión Soviética.

Pocos meses después, en un artículo claramente irónico, el periódico Pravda admitía que unas quinientas toneladas de oro habían llegado a la URSS en 1936, y que el Gobierno soviético había expedido el oportuno recibo. El oro, seguía diciendo el diario, era la garantía por el pago de los aviones, armas y otras mercancías soviéticas enviadas a la República española. No sólo se había gastado todo, ¡sino que todavía se debían cincuenta millones de dólares a la Rusia soviética!

Y así sigue el asunto”.

Como ya supondrán, de todo lo expuesto en estas cinco entregas, los historieteros no dicen ni mu.


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