jueves, 10 de abril de 2014

Recordando la Historia. La república marxista. ( L I )



Comprendemos que se nos critique por estos artículos sobre la II República española. En el fondo es lógica tal crítica, ya que el “pueblo soberano” está acostumbrado a los historieteros al uso, es decir, los de nómina, llenos de subjetivismo, que cuentan hechos deformados y amañados.

Estos artículos que escribimos son una simple plasmación de lo que verdaderamente ocurrió en aquellos años. No tratamos de convencer a nadie, así como tampoco pretendemos contraponer ideas con hechos, sino narrarlos tal como sucedieron, dejando toda superchería dialéctica, así como trueques intencionados.

Lo que sí pretendemos es contar hechos, hechos que normalmente aparecen envueltos en una agobiante propaganda que para lo único que sirven es para enfrentamiento y generación de pasiones políticas.

Como decíamos en la anterior entrega, en ésta veremos la realidad de la URSS contada por el comunista Jesús Hernández en el libro citado “Yo fui ministro de Stalin”, Editorial Nos, 1954, 447 páginas. En la 271 y siguientes, así como en la 293 y también siguientes, se lee lo que a continuación transcribimos y que, como podrán ver, nada tiene que ver con lo que había escrito Antonio Machado, narrado en la anterior entrega. Se lee:

“A medida que nos aproximábamos a las fronteras soviéticas la ilusión óptica sobre el ‘País del socialismo’ degeneraba  en una alegre despreocupación que ganaba a la totalidad de mis compañeros de viaje. La despreocupación tuvo más eufórica expresión el despilfarro de prendas de vestir, que hombres y mujeres  arrojaban cada mañana  por la borda del barco al mar. Volaban a las aguas zapatos, abrigos, pantalones, camisetas, medias y cuantos objetos puede uno imaginarse . . .Convoqué una reunión en ‘El rincón de Lenin’ del barco . . .

‘Ahora vais a contemplar la realidad soviética no con los ojos del ideal, sino con los ojos de la verdad cruda. En la URSS queda poco tiempo para diversiones, la vida es de una dureza infinita, el nivel de los proletarios muy bajo, se elabora a destajo o mediante normas muy elevadas. Con l producción de un obrero español en el curso de ocho horas, en la Unión Soviética difícilmente se podría untar de mantequilla una ración de 100 gramos de pan diarios. El triunfo del socialismo requiere máquinas, máquinas, máquinas. Las primeras generaciones proletarias están destinadas al sacrificio, a las penalidades . . .En las calles y en los parques hallaréis multitud de golfillos, los llamados ‘bezprizorniis’, niños abandonados, sin hogar, que vagan a través de todo el país, que constituyen una plaga heredada de los años de la guerra civil y que con delincuentes tan prematuramente pervertidos que llegan a todos los grados de la criminalidad. Es una tragedia que ha obligado al gobierno a establecer la pena de muerte para los mayores de 12 años . . .’

Los rostros de mis oyentes se habían puesto rígidos . . . en aquel entonces no me movía ningún afán de desacreditar el régimen staliniano. Trataba simplemente de adelantarles una pálida versión de la verdad rusa. . .

Nos acercábamos a Kronstadt. Horas después avistábamos la ciudad de Leningrado . . . Un hormiguero de gentes sucias y desarrapadas paleaban el carbón, cargando cajas y sacos, arrastraban pesadas carretillas y se movían febriles de un lado para otro. El aspecto de aquellos trabajadores de ambos sexos era por demás deprimente. Sucios de toda suciedad, rotos y remendados, descalzos unos y con zapatos de hombre la mayor parte de las mujeres, daban la impresión de ser condenados a trabajos forzados, pues por todas partes pululaban soldados con fusil y bayoneta calada vigilando los depósitos de mercancías.

.- ¿Por qué tanta vigilancia – me preguntó con marcada extrañeza Puente, un joven camarada de Madrid.

.- Porque si no fuera por esos soldados, todos esos sacos, cajas y montones de carbón desaparecerían en menos que canta un gallo. . .

El barco había atracado. Una avalancha de chiquillos y mujeres increíblemente andrajosos se aproximó a la borda gritando: ‘¡Jliep! ¡Jliep! Así sonaba a nuestros oídos lo que decían.

.- ¿Qué dicen – preguntó mi mujer.

Piden pan.

Llegaron unos cuantos soldados y a empellones alejaron a los pedigüeños. Aquellas primeras estampas de la vida soviética debieron hacer recapacitar a mis camaradas sobre mis palabras . . .

Dimitrov me preguntó cómo se encontraban nuestros compatriotas en los campos de concentración franceses.

Le expliqué las dantescas condiciones en que se hallaban. Hablé de las mujeres que parían a sus hijos sobre la arena de las playas cercanas, de los heridos  a quienes se les pudrían los miembros y morían gangrenados por falta de asistencia médica, de los millares de disentéricos que agonizaban y contagiaban a sus compañeros de infortunio.

.- ¿No sería posible enviar unos cuantos barcos y traer a la Unión Soviética a cuantos quisieran refugiarse aquí? – pregunté.

.- No es posible. En la URSS nos crearían mil enojosos problemas . . .Ya hemos tenido la experiencia de otras emigraciones europeas menos numerosas y más seleccionadas políticamente que pudieran serlo las españolas, y han terminado descomponiéndose y hasta volviéndose antisoviéticas – replicó Manuilsky”

Como puede verse, estos párrafos de Jesús Hernández son un lamento de quien sirvió a unos auténticos tiranos. Totalmente desengañado y desesperanzado por sufrir «la tragedia de cuantos, cegados por la fe o corroídos por las dudas, pero siempre disciplinados y obedientes, fuimos dóciles a la política de Moscú, a la que en nuestra ceguera llegamos a sacrificar sagrados deberes que como españoles nos incumbían»

En la próxima entrega veremos otro párrafo de Jesús Hernández aparecido en “Acción Socialista” de fecha 15 de enero de 1952, así como otro de  Valentín González, “El Campesino”, en unas declaraciones suyas hechas al diario “Pueblo” madrileño con fecha 25 de enero de 1968.

Nota.- Lo destacado en rojo en nuestro. No figura así en el texto.

Continuará


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