viernes, 14 de marzo de 2014

Sobre Ortega y Gasset ( I V )



Vamos a dedicar unas entregas a D. José Ortega y Gasset, filósofo prácticamente olvidado hoy por los de la internacional de la mentira, del odio y del rencor. Como ya hemos dicho varias veces, y no nos cansaremos de repetirlo, tanto él como D. Gregorio Marañón Moya, D. Ramón Pérez de Ayala, y un larguísimo etc, fueron los verdaderos y auténticos republicanos. Como ya sabrán, estos tres intelectuales tuvieron que huir de España perseguidos por los comunistas. A la República que ellos defendían y pregonaban, nos apuntaríamos ahora mismo.

En su obra “Rectificación de la República. Escritos políticos, I I I  (1929/1933)”, El Arquero, Revista de Occidente, S.A., Madrid 1973, 273 páginas, nos dice Ortega y Gasset dentro del Capítulo intitulado “¡Viva la República!”, páginas 251 a 262, lo siguiente:

“Rectificación de la República

POR QUÉ LO GRITA

¿Lo hará por misticismo republicano? Tampoco. En materia de política no admito misticismo, ni siquiera admito que se sea republicano, como suele decirse, «por principios». Siempre he sostenido que en política no hay eso que se llama principio. Los principios son cosas para la Geometría. En política hay solo circunstancias históricas, y estas definen lo que hay que hacer. Yo sostuve hace tres años, y sostengo hoy con mayor brío, que la única posibilidad de que España se salve históricamente, se rehaga y triunfe es la República, porque solo mediante ella pueden los españoles llegar a nacionalizarse, es decir, a sentirse una Nación. Y esto es cosa infinitamente más importante que las estupideces o desmanes cometidos por unos gobernantes durante la anécdota de un par de años. Ya a estas horas, en estas elecciones, aunque los electores, todavía torpes, envían al Parlamento gentes en buena parte tan indeseables como las anteriores, han sentido que actuaban sobre el cuerpo nacional, han despertado a la conciencia de que se trataba de su propio destino. Todavía no han votado por y para la nación, sino movidos reactivamente por intereses particulares. . . Mas por ahí se empieza: es el aprendizaje de la política que termina descubriendo la Nación como el más auténtico, más concreto y más decisivo interés político, porque es el interés de todos.

Muchas veces, una de ellas en plena Dictadura, he afirmado  que la República es el único régimen que automáticamente se corrige a sí mismo, y en consecuencia no tolera su propia falsificación. La República, o expresa una realidad nacional, o no puede vivir. La República es, quiérase o no, sinceridad histórica, y esa es la suprema fuerza a que puede llegar un pueblo. Cuando este ha conquistado su propia sinceridad, cuando cobra esa radical conciencia de sí mismo, nada ni nadie se le puede poner en frente. Las Monarquías, en cambio, fácilmente se convierten en máscaras que un pueblo se pone a sí mismo, y no le dejan verse y sentirse y ser y, a lo mejor bajo, bajo el antifaz remilgado de una Corte se van muriendo y pudriendo por dentro.

Esténse, pues, quedos los monárquicos. Tenemos profundo derecho —¡qué diablo, derecho!—, tenemos inexcusable obligación los españoles de hacer a fondo la experiencia republicana. Y esta experiencia es larga como todo lo que posee dimensiones históricas. Tienen que pasar muchas cosas. Lo primero que tenía que pasar era que vomitasen las llamadas «izquierdas» todas las necedades que tenían en el vientre. Que esto haya acontecido es ya un avance y una ganancia, no es pura pér-dida. Ahora pasará que van a practicar la misma operación con las suyas las llamadas «derechas». Luego, España, si desde ahora la preparamos, tomará la vía ascendente.

Como tenemos, pues, la obligación de hacer esa gran experiencia, sépanlo, estamos resueltos a defender la República. Yo también. Sin desplantes ni aspavientos, que detesto. Pero conste: yo también. Yo, que apenas si cruzo la palabra con esos hombres que han gobernado estos años, algunos de los cuales me parecen no ya jabalíes, sino rinocerontes.”

Pocos hablan de este filósofo, y muchos son los seguidores del otro tipo de república que nada tenía  que ver con la auténtica de Ortega y Gasset.

Nota.- Lo destacado en rojo es nuestro.


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